传说4:“黄金手镯” - 古斯塔沃·阿道夫·贝克尔作品第一卷

传说4:“黄金手镯” - 古斯塔沃·阿道夫·贝克尔作品第一卷

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原始故事:

Gustavo Adolfo Becquer
I
Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.
El la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límite; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios, amor que se asemeja a la felicidad y que, no obstante, diríase que lo infunde el Cielo para la expiación de una culpa.
Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres del mundo; él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época. Ella se llamaba María Antúnez; él, Pedro Alonso de Orellana. Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio nacer.
La tradición que refiere esta maravillosa historia acaecida hace muchos años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.
Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos; mejor.
II
El la encontró un día llorando, y la preguntó:
—¿Por qué lloras?
Ella se enjugó los ojos, lo miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar.
Pedro, entonces, acercándose a María le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río y tornó a decirle:
¿Por qué lloras?
El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial. El sol trasponía los montes vecinos; la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.
María exclamó: —No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes, pues ni yo sabré contestarte ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio, fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aun concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.
Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas.
La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio dijo a su amante con voz sorda y entrecortada:
—Tú lo quieres; es una locura que te hará reír; pero no importa; te lo diré, puesto que lo deseas.
Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen, su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como un ascua de fuego; las notas del órgano temblaban, dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina.
Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron, desde luego, en la imagen; digo mal; en la imagen, no; se fijaron en un objeto que, hasta entonces, no había visto, un objeto que, sin que pudiera explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención... No te rías...; aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su Divino Hijo... Yo aparté la vista y torné a rezar... ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de las llamas que fascinan con su brillo y su increíble inquietud... Salí del templo; vine a casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude... Pasó la noche, eterna con aquel pensamiento... Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás?, aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y pedrería; una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo; era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí. ¿La ves? parecía decirme, mostrándome la joya. ¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? Pues no es tuya, no lo será nunca, nunca... Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es posible; pero ésta, ésta, que resplandece de un modo tan fantástico, tan fascinador..., nunca, nunca. Desperté; pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora, semejante a un clavo ardiendo, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás... ¿Y qué?... Callas, callas y doblas la frente... ¿No te hace reír mi locura?
Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza, que, en efecto, había inclinado, y dijo con voz sorda:
—¿Qué Virgen tiene esa presea?
—La del Sagrario murmuró María.
—¡La del Sagrario! —repitió el joven con acento de terror—. ¡La del Sagrario de la Catedral!...
Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada de una idea.
—¡Ah! ¿Por qué no la posee otra Virgen? —prosiguió con acento enérgico y apasionado—. ¿Por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo..., yo, que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!
—¡Nunca! —murmuró María con voz casi imperceptible—. ¡Nunca!
Y siguió llorando.
Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río; en la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial.
III
¡La Catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantescas palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado, el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.
Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.
Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y de la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado a porfía el tesoro de sus creencias; de su inspiración y de sus artes.
En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo y un santo honor que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra. La consunción material se alivia respirando el aire puro de las montañas; el ateísmo debe curarse respirando su atmósfera de fe.
Pero si grande, si imponente se presenta la catedral a nuestros ojos a cualquier hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería; sus gradas, de alfombras, y sus pilares, de tapices.
Entonces cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios, que vive en él, y lo anima con su soplo, y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.
El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la Virgen.
La fiesta religiosa había traído a ella una multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones, ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí, la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.
Era Pedro.
¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se arrestara, al fin, a poner por obra una idea que sólo al concebirla había erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar a cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.
La catedral estaba sola, completamente sola y sumergida en un silencio profundo. No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o, ¿quién sabe?, acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas, ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.
Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó a la verja y siguió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario, a cuya sombra descansan por toda una eternidad. ¡Adelante!, murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror; el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales.
Por un momento creyó que una mano fría y descarnada lo sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron a su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo, con sus arcadas de granito y sus machones de sillería.
¡Adelante!, volvió a exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara; y trepando por ella, subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas o luz dudosa, más imponente aún que la oscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror.
Sin embargo, aquella sonrisa muda e inmóvil que lo tranquilizara un instante concluyó por infundirle temor, un temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces había sentido.
Tornó empero a dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la mano, con un movimiento convulsivo, y le arrancó la ajorca, la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo, la ajorca de oro cuyo valor equivalía a una fortuna.
Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural; sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.
Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios. La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el ámbito de la iglesia y lo miraban con sus ojos sin pupila.
Santos, monjes, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. A sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que, arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos en las bóvedas ululaba, como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.
Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.
Cuando al otro día los dependientes de la iglesia lo encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse exclamó con una estridente carcajada:—
—¡Suya, suya!
El infeliz estaba loco.

扩展与分析

摘要与解读

这篇由古斯塔沃·阿道夫·贝克尔创作的引人入胜的故事讲述了佩德罗·阿隆索·德·奥雷利亚玛丽亚·安图内斯,这对来自托莱多的恋人。玛丽亚被描述为一种超自然的美丽,具有神秘而几乎是恶魔般的魅力,而佩德罗则是一个迷信但勇敢的人。他们的爱情强烈却充满痛苦,反映出一种接近疯狂的激情。

故事展开时,佩德罗发现玛丽亚在河边哭泣。她透露出对托莱多大教堂中圣母玛利亚佩戴的金手镯的奇怪痴迷。这个手镯深深吸引了她的想象,以至于在梦中缠绕着她,象征着一种无法实现的渴望。佩德罗被爱情和绝望驱使,决心偷走这个神圣的珠宝,尽管后果可怕。

高潮发生在宏伟而神秘的托莱多大教堂,这里被描述为信仰与神秘的纪念碑。佩德罗试图夺取手镯的行为导致了一次可怕的超自然经历,雕像和人物复活,令他充满恐惧和疯狂。最终,佩德罗被发现精神失常,紧握着被盗的手镯,因这场磨难而精神崩溃。

这个故事探讨了痴迷、禁忌欲望、信仰和超自然的主题。它描绘了如何不受控制的激情和对神圣界限的不尊重会导致毁灭和疯狂。

背景与作者介绍

古斯塔沃·阿道夫·贝克尔(1836–1870)是一位著名的西班牙诗人和作家,以其浪漫和哥特式的故事而闻名,这些故事将现实与幻想和神秘结合在一起。他的作品常常深入探讨爱情、死亡和超自然的主题,反映了浪漫主义运动对情感和神秘的迷恋。

这个故事体现了贝克尔将浪漫激情与哥特恐怖交织在一起的风格,背景设定在历史悠久、充满传说的托莱多。托莱多大教堂,作为一座真实而宏伟的哥特式纪念碑,成为信仰与神秘的强大象征,增强了故事的阴森氛围。

对儿童和学生的教育价值与启示

  • 理解复杂情感: 故事展示了爱情有时会导致痴迷和痛苦,帮助孩子们学习情感的深度以及健康管理情感的重要性。
  • 尊重传统与神圣: 它强调了尊重文化和宗教符号的重要性,教导尊重他人的信仰。
  • 对迷信与恐惧的批判性思考: 佩德罗的迷信和恐惧导致了悲惨的后果,鼓励学生质疑非理性的恐惧,理解信仰与迷信之间的区别。
  • 文学欣赏: 学生可以探索哥特文学的元素,如象征主义、氛围和角色发展。
  • 历史与文化背景: 故事提供了对西班牙文化、历史和宗教传统的洞察,丰富学生的全球意识。

实际应用与见解

  • 在学校: 教师可以利用这个故事讨论爱情、痴迷和心理健康的主题,培养同理心和情商。
  • 在生活中: 这个故事警示人们不要让欲望控制行动,促进自我控制和对界限的尊重。
  • 在文学研究中: 它作为浪漫和哥特文学的例子,适合进行文学分析和理解叙事技巧。
  • 创意写作: 学生可以受到启发,写出融合现实与幻想的故事,学习如何构建悬念和氛围。

关键词汇

  • 痴迷: 一种不断占据或侵扰一个人思想的想法或感觉。
  • 超自然: 超出自然或可观察的范围;涉及超出科学理解的力量。
  • 哥特式: 一种以神秘、恐怖和超自然为特征的文学风格。
  • 象征主义: 使用符号来代表思想或品质。
  • 疯狂: 精神失常或不理性的状态。

阅读理解问题

  1. 故事中的主要角色是谁?
    答案:玛丽亚·安图内斯和佩德罗·阿隆索·德·奥雷利亚。

  2. 是什么导致玛丽亚在河边哭泣?
    答案:她对大教堂中圣母玛利亚佩戴的金手镯感到痴迷和困扰。

  3. 佩德罗决定做什么来帮助玛丽亚?
    答案:他决定从托莱多大教堂偷走金手镯。

  4. 故事中如何描述托莱多大教堂?
    答案:它被描述为一个宏伟、神秘且神圣的地方,充满阴影、光线、雕像和宗教象征。

  5. 佩德罗在偷走手镯后发生了什么?
    答案:他经历了可怕的超自然幻象,最终发疯。

  6. 这个故事中有哪些主题?
    答案:痴迷、禁忌欲望、信仰、超自然和疯狂。

  7. 我们可以从佩德罗的命运中学到什么教训?
    答案:痴迷和对神圣事物的不尊重会导致毁灭和疯狂。

反思与最终思考

贝克尔的这个故事是一个丰富的叙述,融合了浪漫激情与哥特恐怖,设定在一个文化意义重大的地点。它邀请读者反思欲望的力量、信仰的界限以及痴迷的危险。对于儿童和学生来说,它提供了探索复杂情感和文学体裁的途径,同时也提供了关于尊重和自我控制的道德教训。

通过学习这个故事,年轻读者可以发展批判性思维、情感意识,并欣赏经典文学和文化遗产。